Enfermedad y muerte

La salud del P. Hurtado se va deteriorando rápidamente. El 19 de mayo de 1952, en lo que era el Noviciado Loyola que él había ayudado a construir y que está en la localidad que hoy lleva su nombre, celebra su última misa. Ya no volverá a levantarse. Dos días después sufre un grave y doloroso infarto pulmonar. Trasladado al Hospital Clínico de la Universidad Católica, se le diagnostica un cáncer al páncreas. Recibe la noticia como un don de Dios. Su cuarto se convierte en lugar de peregrinación al que acude gente de todos los medios sociales. El P. Hurtado recibe a muchos, da instrucciones sobre el Hogar, aconseja, bendice. Hasta el último momento da testimonio de la delicadeza de Dios con él.

Muere santamente, en total paz y tranquilidad, el 18 de agosto de 1952.

Su amigo de toda la vida, el obispo Manuel Larraín, preside un masivo funeral el 20 de agosto en la iglesia de San Ignacio. Durante el sepelio muchos son testigos de un hecho extraordinario: al sacar el ataúd de la iglesia, se forma en el cielo una cruz de nubes tan nítida que obliga a arrodillarse a muchísimas personas. Los restos del P. Hurtado son sepultados junto a la Parroquia de Jesús Obrero. Hoy se encuentran en el Santuario que está junto a esa parroquia.